Fragmentos: VII. Solitary Beast

Dejas de tener nombre cuando deseas la ultima consecuencia de ti mismo.

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Del libro Behind the Veil:

Fragmentos.
VII Solitary Beast.

“Te sientas solo en un bar y tomas unas cuantas copas en silencio. Significa siempre un pequeño preparativo interno, un acceso a tu propia soledad, como un nuevo ritual nocturno y citadino. Si nosotros nos fuimos de las colinas, aún así en nuestra sangre está ese toque delicioso de reclusión voluntaria silvestre bien conservado.

Hay quienes disfrutan de acceder a su soledad con buena música en una reunión llena de desconocidos y una vez ahí la beben como suave vino. De ese momento en adelante disfrutas tanto de tus propias sensaciones que te llenas hasta desbordarte. Te dejas llevar.

Tal éxtasis indómito se hace un instinto en ti, Despierta de un gran sopor de años, sepultado bajo miedos y rutinas. Pero ahí está de nuevo, despierto y te pertenece, es tan solo tuyo.

En ese momento te experimentas tan resuelto, fuerte y radical, que sabes que no hay nada que te pueda detener. La ciudad se vuelve una pequeña y misteriosa isla en la cual eres un Rey Negro, errante y solitario, grande. No necesitas un trono en esta Tierra, eres libre y cruzas el umbral de tantas muertes pequeñas como pasos en el asfalto das.

Dejas de tener nombre cuando deseas la ultima consecuencia de ti mismo.

Almadur, Waterman

Yo no entendía esa libertad. Por eso cada pieza de mi cayó resquebrajada al suelo. Ya hecha añicos podía ver todo lo que había acomodado mal, y todo a punto de estallar me había reiniciado. Almadur y yo perteneciamos a ese lado del Sol. Pero para regresar ahí primero debía dejarlo todo. Ir con los bolsillos vacíos, dejarlo incluso a él.

Lo conocí cuando todo comenzaba para mí. Una nueva vida en una nueva ciudad. Los nuevos comienzos esconden desastres, huídas y una búsqueda. Juré que mi vida se había ido, que yo era un alma lo suficientemente silvestre como para no pertenecer. Me escondí del día y sus habitantes para que nadie (ni yo misma) me encontrara. Entre los recluidos y renegados encontré la calma ficticia, cierto fuego que no calienta.

Cierta noche entre la multitud de despatriados de sus propias vidas, bailando a la luz de las farolas y algunas canciones viejas estaba Almadur. Su agilidad y fluidez me atraparon en el mismo instante en que lo advertí. Vivo, supremo, brillante. Sonriendo dueño de su vida y de su propio espíritu no había más que pudiera ser, era la dosis perfecta.

Tal vez tuve miedo en ese momento, tal vez era cierta pereza. Tal vez solo esperaba que algo me salvara. Pero el revivió esa noche algo que creí haber enterrado. “Quiero ser más”.

A partir de ahí, los colores del día cambiaban velozmente al pasar por las ventanas. Y yo descubría que cada que me acercaba más a Almadur, su espíritu tocaba el mío cómo un pez que salta de una pecera a otra y ambos se miran frente y se rozan sutilmente. Había entre el y yo un lenguaje indescifrable y transparente. Algo puro, dulce y confuso.

La primera vez que él me besó lo supe todo. Tomo mi cabeza entre sus manos mientras el sol se tornaba ocre y brillante. Sonrió cálidamente.

Me besó y eso quebró mi corazón. Lo supe todo. Pero pude descansar.

El besaba y su alma bailaba igual de libre en muchas peceras de otras personas. Yo no era la única y no lo podía amar como yo sabía.

Yo estaba rota y él estaba incluso más lejos de este mundo que la gente que se recluye a la medianoche. Inalcanzable, en su propio Sol brillante y libre.

Yo no entendía esa libertad. Por eso cada pieza de mi cayó resquebrajada al suelo. Ya hecha añicos podía ver todo lo que había acomodado mal, y todo a punto de estallar me había reiniciado. Almadur y yo perteneciamos a ese lado del Sol. Pero para regresar ahí primero debía dejarlo todo. Ir con los bolsillos vacíos, dejarlo incluso a él.

Esa fue su manera de extenderme su mano.

Lo mejor de tí, Almadur, es que eres tú mismo y que no me necesitas. Nada te herirá de mí, nada me herirá de tí. Tu no usas mi pasión. Yo no soy un hombre de agua como tú, yo no sé nadar, mí pasión es ese fuego con el que yo puedo despegar y volar. Quiero que lo sepas Almadur, me gustaste libre, te amo libre y así pienso dejarte. Lo mereces, yo también.

La última vez que lo ví tomé su cabeza entre mis manos. Su alma y la mía se cruzaron de nuevo. Sonreímos.

-Yo quiero vivir libre.

-Yo también.


Y está, Orión, es la historia de una persona que se aventuró a dejar de ser un niño, dejó de temer ser humano, abrazo su propia sombra y amó su propia vida. No sé si en este mundo hay un Almadur Waterman para cada uno de nosotros. Lo cierto es que cuando lo encuentras… Nada vuelve a ser igual.